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LA EXPERIENCIA DE SER VOCAL DE MESA

POR JOSÉ LUIS GONZÁLEZ

Al final de un día, llegué a mi casa y, como sucede habitualmente, me encontré con las cartas de servicios y consumos básicos. Vi a vuelo de pájaro que no hay nada excepcional en la correspondencia, salvo que entre ellas se asomaba un sobre con un adhesivo de Correos de Chile que indicaba distribución con franqueo convenido, es decir, de manera gratuita, cuyo gramaje de papel, dejaba entrever en su interior un logotipo rectangular de color rojo que permitía claramente leer la sigla SERVEL. 

El resto de los sobres, pasaron a segundo plano y mi foco de atención se centró en esta carta que, seamos honestos, no deseas ver, pero, a la vez, quieres acabar rápido con la inquietud que te embarga. Y, principalmente, sólo había dos opciones: Estar recibiendo la confirmación por concepto de cambio de domicilio electoral o ser notificado para desempeñarme como Vocal 

Llevo un par de años viviendo en mi actual hogar y el cambio de domicilio electoral lo hice en su debido momento, por lo que me armé de valor y con optimismo procedí a rasgar el papel… Efectivamente, tras una vista preliminar, fui seleccionado, junto a un gran número de compatriotas, para ser parte del, en aquel entonces, próximo proceso eleccionario.

Asumido, mi vista se centró en un párrafo con negrita que indicaba: “Comunico a usted que de acuerdo con los Artículos 46 y 48 de la Ley sobre Votaciones Populares y Escrutinios, deberá desempeñarse como Vocal de Mesa Receptora de Sufragios”. 

En ese momento, un cúmulo de sentimientos me embargaron. Ninguno positivo, por cierto. Pues implicaba destinar parte de un fin de semana para algo que yo no había elegido, algo que desconocía e implicaba ponerme a disposición para un proceso que actualmente incluso es de carácter voluntario.

Pero aún no estaba todo perdido, ya que el sistema permite la chance de “excusarse” y plantea una serie de causales. En mi caso, ninguna aplicaba ni representaba mi situación, por lo que haciendo gala de la cultura cívica que aún permanece en mi generación, asumí el desafío y desde entonces, hasta el día previo a las elecciones, fue tema de conversación y la excusa para todos los compromisos que pudieran surgir para esa jornada, acompañado de un “ah, que lata”, por parte de quienes me escuchaban.

Llegó el gran día y, ya instalado en mi local de votación, comencé a conocer a mis compañeros de mesa, cual alumno nuevo, presentándonos unos con otros y definiendo los roles que desempeñaríamos y de los cuales ninguno conocía con certeza las respectivas funciones que tendríamos que cumplir, pero básicamente debes elegir ser Presidente (a), Secretario (a) o Comisario (a).

Las labores propias de tales cargos, son sencillas, al igual que el proceso eleccionario en sí, por lo que las tareas se hacen mecánicas y al poco andar eres capaz de dominar la secuencia. Todo, con la permanente asistencia y supervisión de personal del SERVEL, quienes cumplen una notable tarea. 

Sin embargo, te das cuenta que el trabajo en equipo es fundamental y, tras arribar a ese establecimiento con un evidente desánimo, poco a poco tu nivel de entusiasmo comienza a aumentar y de pronto comienzas a sentirte cómodo con esos compañeros de mesa, incluso a dialogar acerca del barrio vecino de donde provienen, de noticias de actualidad e incluso de amigos de infancia y otras personas en común.

El tiempo transcurre rápido y entre la mecánica del proceso y la interacción con tus compañeros, en los momentos sin votantes, tienes una vista panorámica del establecimiento y comienzas a encontrarte con amigos, vecinos, conocidos, ex compañeros (as), ves autoridades vigentes y otras que lo fueron. 

Si eres buen fisionomista puedes ser testigo de cómo van envejeciendo las personas y pones en tela de juicio tu juventud, proceso de oxidación natural que terminas asumiendo al igual que la dichosa carta.

Con toda esa información visual, variable y constante, el tiempo pasó increíblemente rápido y así como el proceso inició, debimos ponerle término, gritando tres veces y a viva voz: “se cierra la mesa 153”. Dicho esto, comenzamos la parte más esperada y a la cual tienes acceso privilegiado, bajo la atenta mirada de los apoderados de mesa que, a diferencia mía y del resto de los vocales, sí estuvieron durante todo el proceso de manera voluntaria.

La jornada finaliza completando un formulario con el detalle de todos y cada uno de los votos escrutados y entregando una caja con todos los documentos y materiales utilizados. Y es en ese preciso momento cuando, incomprensiblemente, un leve sentimiento de nostalgia te recorre, miras hacia atrás y le tomas el peso a todo lo que hiciste junto al resto de tus compañeros, recuerdas la gran cantidad de personas que se dieron cita en aquel lugar que, para entonces, ya cayó la noche y comienza a quedar vacío. Pero te pones firme y recuerdas que lo que más deseas es llegar pronto a tu hogar.

Hoy, en el confort de este, recuerdo la experiencia vivida, las personas con las cuales compartí y puedo decir que el desánimo inicial se transformó en satisfacción final. El fantasma de una jornada tediosa, resultó ser todo lo contrario. Tras conocer los resultados siguió siendo tema de conversación y la mala fama que precedía a desempeñar esta labor, es sólo eso, pues es una experiencia que definitivamente todos tendrán que vivir y sólo depende de ti la manera en que deseas recordarla.

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